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DOLORES HIDALGO, GTO.

Caía la tarde cuando llegamos a Dolores. Unos nubarrones negros se cernían sobre el cielo y una tremolina sacudía los árboles del jar­dín.

Fue una de las últimas tardes de marzo. Aquellas tolvaneras y aquel sol humillado que trataba de rasgar el nuberío, nos dieron una imagen fantasmal de Dolores; sus casas venerables, sus edificios, sus iglesias, aparecían tocados de fulguraciones extrañas.

Luego empezaron a caer unas gotas de agua; se trataba de una lluvia a destiempo, de unos goterones locos, desarticulados, que se estrellaban en el pavimento moteándolo de negro.

En sol y sombra, en nube y polvo, en lluvia y viento, la hermosa parroquia de Dolores, su plaza, sus palacios de piedra, adquirían relie­ves sombríos, iluminados a instantes por una ráfaga de luz y otra vez envueltos en el sortilegio de un mundo fantástico.

Ni así dejaron los pájaros de cantar; la arboleda espesa del jardín se removía en el bullicio de mil pájaros en un trémolo apasionado, cuando no en una fuga, un contrapunto que iba enredando el mismo tema en todos los tonos de una enardecida, incontenible algarabía.

Sonó una campana en la media tarde, en el embrujo de aquella alharaca, mientras chocaban entre sí luces y sombras, el viento y la lluvia. No era la campana de Dolores; sentimos no haber vivido en su intensidad, en trágica evocación, el toque de aquella campana que anunció el amanecer de México.

Nos dijeron que el toque de la campana luchando trabajosamente contra el fragor de aquella tormenta en destiempo, podía ser de la Tercera Orden, quien sabe si de la Saleta, o acaso del templo de Nuestro Padre Jesús de las Tres Caldas.

Como haya sido, teníamos a la mano los elementos para construir, con la imaginación, el momento histórico que inició aquí la Indepen­dencia Nacional.

A dos luces, las luces ahogadas en el ventarrón y la llovizna de una extraña tarde de marzo; como pudieron ser aquellas dos luces de la madrugada de septiembre, entre unos gruesos nubarrones del temporal que vendrían galopando por la sierra.

Y una algarabía de pájaros; pájaros de la tarde o del amanecer, todos son unos, y nadie puede callar la enloquecida excitación de mil pájaros que cantan sin saber que cantan.

La hora incierta entre dos luces y el toque de una campana que suena, que llama, que insiste… Dicen que entonces llamaba como todos los domingos a misa de cinco.

Las gentes caminan apresuradas al pórtico del templo y ahí em­piezan a darse cuenta del rito que va a iniciarse, del sacrificio cruento de la libertad, de la insoslayable exigencia de poner la vida en el ara del holocausto redentor… Sangre que redime y salva, sangre que florece en resplandores de aurora, de triunfo, de libertad…

Como entonces, ahora, estas gentes corriendo de un lado para otro, tratan de protegerse de la lluvia, pasan de una banqueta a la otra en precipitados trancos… la misma nerviosidad, la misma pre­sura, la misma inquieta zozobra de la mañana de septiembre.

Hemos detenido a un señor de obsequiosa amabilidad, a dos muchachas que venían cubriéndose en un mismo paraguas, al chofer de un taxi… Les preguntamos por el domicilio del Padre Zacarías Barrón. Se nos vino la idea, si acaso una vez llegaron a venir algunas personas a este lugar y anduvieron como nosotros, en una tarde de lluvia, preguntando por la casa del Sr. Cura Hidalgo.

Hemos sabido que el Padre Barrón ha dedicado toda su vida a la investigación histórica, y que tiene un acervo de datos sobre Do­lores, sobre la permanencia del señor Hidalgo en esta parroquia, los antecedentes y pormenores de la insurgencia.

Tocamos en “las puertas cafeces que están de la esquina aquella para arriba; una puerta y una ventana”. Una dama ya entrada en edad, tan distinguida como afable, nos dice casi a media voz que la dispen­semos, pero que el Padre se ha sentido esta tarde muy decaído; tuvo mucho trabajo ministerial por la mañana y está durmiendo ahora; suele bajarle la presión en exceso. Ya se recuperará y con mucho gusto, pues a él le agrada hablar siempre de estas cosas, y hasta lo alentaría mostrarnos la documentación que ha reunido, el libro con apuntes históricos sobre Dolores. Si quisiéramos volver más tarde; que dispensáramos la molestia, pero…

De verdad que el Padre Barrón ha dedicado su vida, ya una vida toda, a poner en limpio el quehacer apostólico y de servicio a sus feligreses que realizó el señor Cura Hidalgo, y a presentar la trama sutilísima que urdió aquí entre las gentes del lugar y del entonces San Miguel el Grande, especialmente, antes de lanzarse a la lucha de Independencia.

El señor Cura Hidalgo fue designado a este lugar el año de 1803, y entre las primeras iniciativas que tomó, se cuenta la modificación y adaptación en el servicio pastoral, de una casona enorme construida en 1779, para almacenar las semillas que los fieles entregaban a la Iglesia por concepto de diezmos.

Al señor don Miguel le pareció que aquellos galerones enormes, las salas con ventanales a la calle, la cocina y demás dependencias domésticas, se avenían a las actividades que se proponía desarrollar en el lugar y, aparte de colocar en ella su habitación personal, dice el Padre Barrón, estableció aquí una escuela en la que preparó a sus operarios en las diversas industrias que fundó. Los acordes musicales llenaron su ámbito: era José Santos Villa que adiestraba a los músicos que debían formar la orquesta. El patio se convirtió en teatro, para las representaciones que periódicamente se tenían. Pasó a ella todas las oficinas parroquiales y quedó convertida en la Casa Cural a la vez que seguía sirviendo para almacenar el diezmo.

Esta antigua Casa del Diezmo, localizada en la esquina que forman las calles de Hidalgo y Morelos, tiene importancia extraordinaria como escenario donde se gestó la conspiración liberadora.

El Padre Barrón está seguro y lo dice con convicción profunda, que aquí se tomaron los acuerdos para el levantamiento y afirma que por tradición “se tienen localizadas las piezas donde eran aposentados Allende y Aldama; todavía el comedor donde se guarda el eco de aquellas pláticas cuando los hombres, reunidos por el mismo ideal, se entretenían en amenas conversaciones tratando los problemas de la colonia y buscando la forma de libertarla”.

En la conformación de esta casa, había una salita, el estudio privado del Padre Hidalgo, con una ventanita a la calle. Dice el Padre Barrón que algunos historiadores han afirmado enfáticamente que desde esta ventanita llamó Hidalgo a la ronda para que convocara a quienes serían los futuros soldados de México, que desde la venta­nita misma dio el Grito de Independencia.

Hay una controversia muy agitada al respecto; unos historiadores quieren que de ahí arranque el movimiento insurgente; otros dicen que no, que no es lógico pensar que Hidalgo se pusiera a llamar desde su propia habitación a quienes podrían unirse en la lucha, pues resul­taba muy comprometido; las autoridades españolas del pueblo habrían detenido inmediatamente el movimiento.

Al Padre Barrón le hacen gracia los decires y contradecires de tantos historiadores, los cita en sus expresiones textuales e informa que consumada la Independencia, volvió la casa a ser de la Iglesia, hasta el año de 1863 “cuando la visitó el Presidente de la República, Lic. D. Benito Juárez, expidió y firmó en la misma casa el Decreto que eleva la Villa de Dolores Hidalgo a la categoría de ciudad, y la casa la declara Monumento Nacional”.

En aquellos avatares, cuando un viento sopla por un lado y luego arremete otro y cambia su dirección, cuenta el Padre Barrón que “un año después de la visita del señor Presidente Juárez, el 15 de sep­tiembre 1864, el Emperador Maximiliano visita la Casa de Hidalgo, y por la noche arengó al pueblo desde la ventana de la asistencia del Padre de la Patria”. Esta arenga dio origen a la tradición de “El Grito” y precisamente desde la controvertida ventanita.

Vientos van y vientos vienen. Después se dijo que sin lugar a dudas la arenga del Padre Hidalgo dirigida al pueblo de Dolores la mañana de septiembre, se hizo desde el pórtico del templo parroquial, mientras se echaba mano de los presos de la cárcel y se ponía en ella, primer preso político de México en vías de libertad, al Padre Busta­mante a quien correspondía celebrar la misa de cinco y quien por su personalidad hispana y su puesto al frente del Santo Oficio, repre­sentaba un estorbo peligroso en el movimiento…

Ya los presos en bullicio alborotado, ya las gentes acudiendo al llamado de la misa primera, cuando aparece el gesto dinámico, el entusiasmo vibrante, la invitación vehemente del Párroco a unirse en un grupo guerrero para combatir la dominación española.

Que no se discutiera más. A partir de 1940, el Presidente Lázaro Cárdenas dijo que se olvidaran de la ventanita y que el Grito se diera “como lo hizo Hidalgo desde el pórtico de la Iglesia Parroquial”. La historia por decreto oficial.

Pero luego, comenta con gracia amable el Padre Barrón, empe­zaron las discordias con respecto a la campana que se tocó para con­vocar al movimiento insurgente. Hubo consentimiento unánime con respecto a la esquila cuya imagen hemos visto en las réplicas que el Presidente López Mateos mandó fundir, en liga de metales igual a la original, en forma, peso y tamaño tomados de la de Dolores… ah, pues que no, que no pudo ser una esquila la que llamó al pueblo la madrugada de septiembre.

Los impugnadores dicen que una esquila funciona en forma diferente a una campana ordinaria y se emplea para dar solemnidad y especiales cadencias a un repique de campanas, pero nunca se utiliza haciendo que el badajo golpee sobre una de las paredes de bronce …

¿Y por qué no podría usarse una esquila en la forma en que se usa una campana? pregunta el Padre Barrón. El hecho de que su conformación sea así, no impide que se le emplee asá. Bien se puede poner una cuerda del badajo de la esquila como se hizo sin duda en la Parroquia de Dolores.

A propósito de esta campana, anduvo el Padre recogiendo datos de aquí y de allá, removiendo papeles viejos, hasta dejar claramente establecido su origen.

“La iglesia parroquial de Dolores se terminó en 1768; es indu­dable que desde que la parroquia se puso al servicio de los fieles, contó con campanas para llamar a los actos de culto… La campana más antigua comenzó a fundirse el 22 de julio 1768 y se le puso el nombre de San Joseph, y ésta fue una esquila y, como era la campana más grande, con ella comenzó a llamarse a misa.”

Vino la terminación de las torres, la fundición y colocación de otras campanas en los arcos del campanario, pero… “como la esquila seguía siendo la campana más grande y habiendo quedado colocada frente a la sacristía, con ella se siguió llamando a misa, tanto por ser más grande, como por ser más cómodo llamar con ella”.

Refiere el Padre historiador las peripecias de esta campana, y así cuenta que en 1896, el señor general don Porfirio Díaz ordenó fuera llevada a la capital de la República, cuyos habitantes escucha­ron su sonido por primera vez la noche del 15 de septiembre de ese año y así sigue tocándose todos los años, para recordar aquel momento histórico que aquí mismo en Dolores, se ha configurado gallardamente, a bronce y piedra, en el monumento central del Jardín Indepen­dencia.

Esta plaza, aun sin considerar su significado en la historia, debe tenerse como una de las más hermosas plazas de México.

El Padre Barrón dice que en tiempo de la Colonia sirvió para jugar toros, para el tianguis los domingos. A un lado, haciendo ángulo con la parroquia se levanta la casa del Subdelegado, soberbio edificio de cantera “por cuyas escaleras subieron Allende y unos cuantos hombres a aprehender por órdenes de Hidalgo, la mañana del 16, al Subdelegado, a don Nicolás Fernández del Rincón y al señor Ignacio Díaz de la Cortina, colector de diezmos…”

Desde septiembre de 1897, se levanta en el centro de la plaza la esbelta columna octagonal, truncada, sobre la que descansa la esta­tua de Hidalgo, modelada en México por el escultor de Bellas Artes, don Miguel Noreña…

En su altura de bronce y en ademán de arengar al pueblo, no se cansa Hidalgo de repetirnos que la libertad es un derecho que hay que defender a toda costa, hay que cuidar como herencia sagrada, que hay que ser dignos de ella.

Eso parece estar diciendo Hidalgo desde su enhiesto pedestal, mientras la luz de la tarde sigue cerniéndose en el fondo sin fondo de esta tarde lluviosa, y mientras en los árboles cantan mil pájaros enfebrecidos; cantan sin saber que cantan, sin saber qué cantan, sin saber que encantan, como los “Pájaros de la Tarde” de don Joaquín Peñaloza.

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